jueves, 13 de agosto de 2009

Civilización y Barbarie

Con una persistencia propia de individuos desvariados; generaciones tras generaciones de gentes muy decentes, muy derechas, y muy humanas, han reducido todo el problema de la Argentina a esa dicotomía decimonónica, tan aplicable a las montoneras de antaño, como a los irreverentes partidarios de Yrigoyen, y después a los excesivamente pigmentados peronistas; que mil veces hicieron una entrada tumultuosa en la calma de nuestra historia, y otras mil veces fueron acallados con una intensidad que hizo dudar a los mismos civilizados acerca de la justeza de ese titulo que tan generosamente se otorgaban. Por fortuna para ellos, los bárbaros no entonaban la Marsella como era debido, o habían degustado un delicioso té de china en utensilios de porcelana; con lo cual, quedaba patentemente demostrado (para ellos) quienes representaban los valores de la Civilización, del Progreso, de la Virtud y de la Ciencia. Y así las conciencias del patriciado quedaron tan impolutas a pesar de los envenenamientos, degüellos, fusilamientos y mutilaciones, prodigadas febrilmente tanto en un siglo como en el siguiente. Cuando Lavalle mando a fusilar al Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Don Manuel Dorrego, ni siquiera le permitio un minuto de su tiempo para escucharle, a pesar de que se trataba del legitimo gobernante de una provincia argentina, elegido por la Legislatura y no impuesto por las bayonetas. Mas de un siglo transcurrió desde ese entonces, y cuando la esposa del General Valle fuera a implorar la indulgencia de Aramburu, tampoco se digno a escucharla, porque este ordeno que se lo dejase dormir plácidamente. Otro fusilamiento. Pero era otro bárbaro, y por ende, era simple justicia. Tanto en Navarro como en la Penitenciaria Nacional, la causa de la Civilización se mostró ante todos en su faz autentica y pura, sin los adornos de bronce con que tanto pretende acicalarse, y sin las altisonantes frases de perfecta métrica que fungen de estribillos en su marcha triunfal.

Una de esas frases estruendosas, aunque tan larga que fue necesario reunir muchas paginas a las que algunos podrían llamar libro, fue alumbrada hace pocos días, y se convirtió en un éxito de ventas. Me refiero al nuevo engendro del gran Marcos Aguinis, al cual le han dado la palmada de bienvenida unas manitas regordetas y sonrosadas, como es debido. Nunca podrán ser encontradas tantas invectivas en tan poco espacio físico, algo realmente sorprendente y que haría pensar en una nueva especie dentro de la literatura: el libelismo mágico, que no solo distorsiona las dimensiones del papel impreso, sino también la historia y toda la realidad en pos de un solo objetivo, que no es otro que denostar la nueva barbarie, que por ser nueva no deja de ser menos barbara. El inefable Aguinis, predilecto por aquellos militantes del mediopelo, a los que Coelho les parece insuficiente, aunque no menos interesante por cierto, nos demuestra nuevamente con un despliegue hilarante de fraseología insubstancial, que la Argentina merece ser borrada de la faz del mundo cuanto antes, y solamente para bien de sus propios habitantes. Todo lo pasado, en su cosmovision billikeniana, es el summun de la humana excelencia. Delirando aun con los granos hinchiendo los barcos en el puerto, extasiándose con la recepción orgiástica hecha a una infanta española en el Centenario, llorando la educación que alguna vez se pudo alcanzar por obra y gracia de unos seres supranaturales, casi europeos (¡y de los buenos además!). Aunque olvidando el hambre al cual eran llevados los aparceros por la voracidad de los terratenientes, dejando de lado el magnifico quehacer del coronel Falcón echando a la calle a miles de mujeres y niños tras la huelga de inquilinos, al igual que no dándose cuenta que la universidad en aquellos hermosos años era el patrimonio particular de un puñado de familias, que coincidentemente eran los dueños de la tierra y también de las casonas. Esa Belle Époque, tan dulce para los imbeciles de siempre, que comparten la visión de superioridad como sus ancestros rivadavianos, es el ideal platónico al cual deben tender todos los esfuerzos de un Estado consciente de su rol como guardián de los intereses del Patriciado. Esa es la Patria que protegen los pluscuamperfectos idiotas latinoamericanos de la talla de Aguinis, esa Patria que no es mas que unos intereses espurios incorporados a las instituciones del Estado como dogma inmanente. Y la pluma de escritores de esta calaña, otorga a los militantes de la causa de la Civilización nuevos bríos y una falsa afirmación de su propia superioridad, y aceleran los ánimos de aquellos que tanto quisieran reproducir un nuevo Navarro, un nuevo José León Suarez, sin ningún tipo de pudor, para hacer que el aluvión zoológico se reencauce, y la paz vuelva a cubrir la Argentina toda. ¿Pero cual es esa paz tan ansiada, sino la de los sepulcros?, una paz en la que el pasto sirva de alimento a las reses, y la sangre (que es lo único que los bárbaros tenemos de humano) abone la tierra en la cual habrá de sembrarse la adorada soja.

Mientras los civilizados exhaltan a su bufón, y toman sus escritos como nuevo estandarte en su eterna lucha contra los negadores de su excelsa condición, los bárbaros seguirán construyendo la Patria verdadera, como lo hicieron en las guerras por la independencia y en la defensa de la soberanía, sin escatimar sus esfuerzos y siquiera sus vidas. Sin importar los tiempos, siempre habrá un Cepeda, en que la Argentina resurgirá a pesar de los anhelos de los civilizados en perpetuar la sujeción a esas cadenas de oro tan caras a sus sentimientos. Por mas que los embaucadores como Aguinis se esfuercen en hacer verosímiles mentiras tan atroces, sus aleteos no son suficientes para desprenderse de ese suelo cenagoso de la calumnia. Pero cabe una advertencia al pobre sujeto, por una compasión que no se puede negar a nadie: mas vale que ahorre un poco de ese dinero que esta haciendo, porque las gorditas pronto cambian de gusto, y así no solo “su patria” será pobre, sino también él mismo. Mientras los civilizados se lamentan y aguardan el momento de su posible desquite, los bárbaros seguiremos construyendo una Argentina en que la Libertad sea inherente a todos los hombres y mujeres en su plena acepción, y nunca mas la justificación de unos pocos para los crímenes más execrables.

martes, 4 de agosto de 2009

La Ultima Arenga

Al General Don Martín Miguel de Guemes,
el único general argentino que ha tenido la Gloria
de caer en combate, por nuestra Libertad

¡Oro y un doctor!, ¡que gran necedad!
¿Acaso a un patriota con ello quieren comprar?
¿Acaso no oyen a la tierra iracunda bramar?
¡Libertad!, ¡Libertad!, ¡Libertad!

Soldados de la Patria, hermanos míos,
la sangre que mana de las heridas de mi cuerpo,
abrazara esta tierra como los mismos ríos.
Mas mis oídos no soportan los delirios,
de amarga felonía, de aciaga traición,
a la cual los infatuados desean arrastrarme.
Mi alma seria incapaz de olvidar a los caídos
y por su memoria, dispuesto estoy a sucumbir,
no una, sino mil veces de ser necesario.
El acero podrá rasgar mi carne,
pero nunca podrá mellar el espíritu ardiente
que mi pecho guardara hasta el final.

¡Oro y un doctor!, ¡que gran necedad!
¿Acaso a un patriota con ello quieren comprar?
¿Acaso no oyen a la tierra iracunda bramar?
¡Libertad!, ¡Libertad!, ¡Libertad!

Soldados de la Patria, hermanos míos,
las huestes de la tiranía ocupan la ciudad,
id a ayudarla, sin demorar un minuto más.
Cubrid el cielo con el polvo de los cascos,
rasgad el viento con el ímpetu de las lanzas,
acosad a los invasores hasta en sus sueños.
Vuestro General os da su ultima orden,
y con ella su aliento y toda su devoción,
y una verdad tan esplendente como el Sol:
Mas vale bajar digno al sepulcro eterno
antes que por un instante el yugo portar.
Este hombre partirá, pero la Patria, ¡Vive!.

¡Oro y un doctor!, ¡que gran necedad!
¿Acaso a un patriota con ello quieren comprar?
¿Acaso no oyen a la tierra iracunda bramar?
¡Libertad!, ¡Libertad!, ¡Libertad!